María es la directora de un centro geriátrico de Menorca. Le apasiona su trabajo y lleva en la mirada y en la voz su vocación por aliviar el sufrimiento ajeno.
Una de las residentes del centro, con Alzheimer muy avanzado, un día que María se le acercó sonriente, le dijo: “No recuerdo quien eres, pero sé que me quieres.”
Me impresionó esta historia porque nos muestra el poder de la sonrisa; el efecto balsámico y tranquilizador de un gesto que a veces nos cuesta demasiado dibujar.
A María, la sonrisa le salió del corazón, tan llena de amor como está, y llegó directamente al corazón de la anciana, sin pasar por el laberinto de la razón o de la memoria, ya deterioradas.
Al fin y al cabo, cuando nos comunicamos intensamente y con todo el deseo de dar, no necesitamos las palabras. La mirada de la sonrisa habla por nosotros.

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