C. es un alto ejecutivo que ronda los cincuenta y tiene tres hijos. Su vida profesional es un modelo de éxito, y la complementa con una vida social llena de amigos y aficiones. La semana pasada empezó unas sesiones de entrenamiento personal para superar determinadas inquietudes a la hora de hablar ante el consejo directivo de su empresa.

En un momento de la conversación noté que sus palabras no quedaban restringidas al diálogo estrictamente profesional. Y me sobrecogían profundamente.
Buscábamos los motivos de sus zozobras. Y hablando de las relaciones familiares, la vida social y la pareja, me dijo: “Conozco a mi mujer desde que éramos jóvenes, y es la única persona en mi vida de la que nunca me he aburrido. Tuve que disimular la emoción que me produjeron estas palabras. Y ahogar un suspiro emanado directamente del corazón.
Pensé que era la cosa más bonita que se podía decir de una mujer. Y que era la definición perfecta de amor, de amor total: enamoramiento permanente, reconocimiento, lealtad, admiración, camaradería…

Ante la ambigüedad del “te quiero”, la frase de C. describe un sentimiento que muy a menudo queda en el mundo etéreo y subjetivo de las emociones personales. Y convierte en real y posible la experiencia que tantas personas buscan desesperadamente detrás de palabras deslumbrantes, pero también muy frágiles y de vigencia efímera.

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