Cándido, el niño de la foto, tiene siete años y es el alumno más joven que he tenido en un curso de oratoria. Es el pequeño de una familia catalanocolombiana que, liderada por Mercedes, vino en grupo a hacer un curso de oratoria; siete personas en total, de edades comprendidas entre los siete y cincuenta años.
La familia está muy vinculada a la profesión médica. En el grupo había tres hermanas enfermeras, y un sobrino médico de 28 años. Además de dos adolescentes, Lucas y Sergio.Y el más pequeño, Candi.
Cuando los vi sentados, mirándome, apunto para empezar, ilusionados, incluso excitados, pensé que, en este campo, era uno de los retos más difíciles que jamás se me habían planteado. Lo que más me preocupaba era cómo conseguir que los pequeños me entendieran y se lo pasaran bien mientras los mayores adquirían el máximo de técnicas para comunicarse con sus públicos en el terreno profesional.
¿Cómo conseguir interesar por igual a un médico de 28 años, a un adolescente de 12 y a un niño de 7? ¿Cómo podía mantenerlos atentos a todos durante ocho horas, un sábado de sol radiante en el exterior? ¿Cómo ofrecerles recursos útiles para cada situación particular en la que tienen que expresarse públicamente? ¿Qué tiene en común la exposición de un caso clínico, la presentación de una ponencia en un congreso, la presentación de un trabajo de síntesis del colegio, la lectura en voz alta de una redacción…? Estos y otros muchos interrogantes me asaltaron mientras me presentaba a esta audiencia tan extraordinaria.
Me lo pusieron fácil. Todos. Especialmente, los pequeños, que no perdieron el hilo en ningún momento y aportaron las respuestas más sencillas y más lúcidas a las preguntas que los mayores respondíamos sin grandes aciertos. Nunca olvidaré la respuesta de Sergio, de 13 años, cuando les dije que siempre tenemos que preguntarnos cuál es nuestro objetivo y qué es lo que pretendemos que haga el público al final de nuestra intervención. Sergio constestó directo y rotundo: “Queremos que se vaya contento a casa”. Sí, señor, ¡esto es lo que queremos! Porque es la condición imprescindible para convencer, entusiasmar, seducir, dejar huella.
Seguían el hilo, participaban en la conversación, opinaban, aportaban experiencias y acertaban en sus juicios. Con su transparencia aportaron lucidez. Los niños hablan claro y sin tapujos, porque no hay diplomacia, ni prejuicios, ni falsa modestia, ni vergüenza… Los adultos aprendimos de su actitud generosa y transparente. Tendremos que imitarlos si queremos ganar naturalidad e inspirar más confianza en los demás.
Y ellos… se llevan sobre todo la experiencia de compartir con la familia un aprendizaje de vital importancia para su futuro. Sus madres consideran que las habilidades para hablar en público son imprescindibles para el ejercicio de su profesión y para su desarrollo personal. Lo ven tan claro, que no quieren que sus hijos tengan que esperar tantos años como ellas para superar el miedo escénico y dominar las técnicas más elementales de la persuasión.
El sábado del que os hablo era mi cumpleaños. Y esta experiencia fue un gran regalo. Aprendí mucho de todos. Sobre todo, porque fue un ejemplo de cómo los mayores podemos ser un buen modelo para los jóvenes. Y que los niños, si los escuchamos, son fuente inagotable de inspiración para nosotros, los adultos.
Ah, y me cantaron el “cumpleaños feliz”.