Le recomendé a J. que evitara tocarse la punta del anular izquierdo con el índice y el pulgar derechos al hablar en público. En aquel momento no pude argumentar claramente por qué; era una percepción, una intuición. Algo me decía que, a pesar de su experiencia como orador, su valentía, su voluntad de salir sin armadura, necesitaba mantener el contacto consigo mismo, con su interior más profundo; para no dejar escapar toda el alma, para no mostrarse completamente desnudo ante los demás. Como si este gesto fuera un finísimo cordón umbilical que lo mantuviera en un espacio de seguridad íntima y secreta, ante la exigencia de mostrarse con coraje ante una audiencia ávida de palabras firmes y gestos seductores.
Sí, era un residuo de hermetismo, una sutil barrera que todavía quedava entre el público y él, una resistencia a entregarse por completo. Y por eso, al recomendarle abrir claramente las manos, le invitaba a darse sin reservas, confiando en sí mismo y en su mensaje.

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