Veo a los informativos de televisión el resumen de la primera jornada de la convención del partido demócrata de los EE.UU. Y puedo escuchar, ahora, entero y con calma, el discurso de Michelle Obama en youtube.
Sabemos que los americanos son los reyes del espectáculo, sabemos que dominan las herramientas del marketing como nadie, que son expertos en comunicación y que de ellos tenemos que aprender mucho … La convención demócrata es un buen ejemplo.
La primera jornada ha sido diseñada magistralmente: contiene todos los ingredientes necesarios para emocionar al público presencial y para impresionar a los telespectadores. Por poco que te interese el tema, el espectáculo capta la atención porque está especialmente pensado para que disfruten los seguidores incondicionales pero también para impresionar a los que todavía no están convencidos.
Uno de los ejes clave de la imagen de cualquier candidato americano es su familia. La imagen pública, la percepción que tiene el electorado, depende en gran medida del entorno familiar y de cómo actúa éste. Pues así empieza el gran show del nombramiento de Barack Obama: con la familia al completo, el equipo perfecto para el mejor candidato.
Los valores de la familia también son representados por la presencia de Caroline y Ted Kennedy. En el caso de éste último, jugando con el impacto producido por la reaparición en público después de ser intervenido de una grave enfermedad: la imagen de la voluntad y la superación.
Y a los valores hay que darles una pincelada de ternura -para que lleguen al corazón – y de cotidianidad -para que todo el mundo los pueda sentir como propios: El padre-candidato Obama aparece de repente en una pantalla gigante, conectado en videoconferencia, y se pone a hablar tranquilamente con sus hijas como si estuvieran todos en la cocina de casa.
Pero el plato fuerte de este primer día es el discurso de la esposa del candidato: Michelle Obama. Encarna en una sola persona todo lo que muchos querrían ser o que querrían tener: esposa enamorada y al servicio de la carrera de su marido; madre entregada a sus hijas; hija que cumple los sueños de sus padres (ved la expresión de orgullo y felicidad en el rostro de su madre en muchos momentos de la intervención), profesional competente, culta, guapa y elegante. ¿Qué más se puede pedir? Que sea una buena oradora. ¡Y es una excelente oradora!
Después de ver el discurso entero ya lo tengo claro: yo voto Michelle Obama.