La semana pasada tuve la suerte de viajar a Santa Cruz de Tenerife. La Asociación para el desarrollo integral de las mujeres “Mercedes Machado” creyó, con acierto, que para luchar por la igualdad de derechos hay que dar recursos a las mujeres para que puedan hacerse oir y enfrentarse al mundo profesional con todas las herramientas necesarias, compitiendo en igualdad de condiciones que los hombres.
Este curso, con una duración de veinte horas, tenía tres objetivos principales:
· Adquirir seguridad y evitar los efectos de los nervios y del pánico escénico
· Aprender técnicas para una expresión en público correcta, amena y eficaz
· Que cada mujer se conociera a si misma para tomar conciencia de la imagen
que proyecta y modificarla si es necesario
Este último punto reviste especial importancia en este caso pues las alumnas pudieron apreciar claramente las características de su expresión corporal, paraverbal y verbal: en muchos casos, se dieron cuenta de la inseguridad que transmitían a pesar de tener las ideas muy claras, argumentos sólidos y una gran valentía personal.
Nos dimos cuenta en seguida de que la educación que hemos recibido no fomenta la expresión directa, ni el tono convincente, ni el razonamiento categórico. En general hemos sido educadas para la discreción, la buena educación, la elegancia, la feminidad mal entendida e, incluso, la docilidad y la sumisión. Aunque nuestra generación parece haberse librado de la discriminación en el seno de la familia y de la escuela, algunas actitudes subyacen a través del lenguaje. Las mujeres todavía se expresan mejor entre ellas y en privado que en público; tienen grandes dotes de comunicación pero pocas veces las utilizan para dirgir, liderar, defender sus ideas u ocupar la escena mediática. Cuando una lo hace se la tilda de demasiado agresiva o se la juzga erróneamente de masculina.
En el taller de Santa Cruz de Tenerife analizamos cómo el lenguaje verbal es una herramienta no sólo para expresar nuestros pensamientos sino también para cambiar nuestro mundo interior, nuestras creencias y actitudes. El lenguaje que utilizamos es un espejo de lo que somos: experiencias, historia transmitida de generación en generación, personalidad, actitudes ante la vida, ideología, etc. Sin embargo, la magia de este reflejo es que se produce en los dos sentidos y, si cambiamos el lenguaje modificando la imagen reflejada hacia el exterior, cambiamos el mundo interior.
A partir de estos cambios individuales e internos, además, podemos influir en el mundo que nos rodea, aportando, cada vez que tomamos la palabra, un grano de arena a una sociedad más justa, simplemente siendo más conscientes de lo que decimos.
El colofón del curso lo puso Ana, miembro de la Asociación “Mercedes Machado” y profesora de Geografía e Historia. Nos hizo reflexionar sobre el sexismo en el lenguaje; sexismo que trasciende cada día a la realidad a través incluso de las propias mujeres que utilizan expresiones discriminatorias sin darse cuenta.
El castellano, al igual que la mayor parte de lenguas que conocemos, no puede evitar ser el testigo de la historia. También para mi fue difícil evitar el genérico masculino ante este grupo de 25 mujeres: la costumbre es poderosa; las inercias, difíciles de cambiar. Pero hay que poner atención a todos los detalles del habla y descubriremos veladas injusticias y actitudes más propias de la Edad Media que de nuestro tiempo. Vean este broche que Ana extrajo de un libro de Historia:
“Los iroqueses se desplazaban todas las primaveras en busca de bisontes, llevando consigo sus mujeres, niños, tiendas y enseres.”
Hombres y mujeres de hoy tenemos el reto de adaptar nuestras lenguas milenarias a las sociedades modernas que las hablan y dejar de transmitir valores y actitudes ya obsoletos.