Octubre 2007


Gabriele Pauli es una diputada alemana de 50 años, despierta y atractiva, que ha provocado un gran revuelo en su partido y en todo el país.

Hay que aclarar que es miembro de la Unión Socialcristiana de Baviera y que se ha presentado recientemente a la presidencia del partido. Gabriele, sin cortarse ni un pelo, propone que los matrimonios tengan una duración de 7 años, tiempo que según ella, es lo que dura el amor. Una vez pasado este tiempo, si los dos miembros de la pareja estuviesen de acuerdo, evidentemente, podrían prorrogar el matrimonio para 7 años más.

Conociendo la posición de la iglesia en estos temas, no es de extrañar que los sectores políticos afines tengan una reacción de rechazo frontal. Y van más allá, la acusan de loca, le recomiendan que vaya al psiquiatra y espían su vida privada para ver si tiene algún comportamiento anómalo que pueda justificar un cese del cargo y una campaña fulminante de desacreditación. Pero resulta que no es así: es una señora normal y corriente que sólo comete el pecado de decir lo que piensa y de ser sumamente pragmática.

El tema de las relaciones humanas, y cómo se van forjando a través de la comunicación, me interesa y quiero salir en defensa de Pauli. Estoy convencida que si se llevase a cabo su propuesta, contra lo que piensan sus detractores, la institución del matrimonio saldría ganando.

Una vez más, la ley se ha de poner al día porque la realidad siempre va por delante. La ley propuesta por Pauli solo pondría orden a un fenómeno que ya está pasando y bastante masivamente: los matrimonios se rompen, se rompen más que los que se hacen nuevos. El hecho de que al cabo de un tiempo se terminase el trato por sí solo, evitaría muchos quebraderos de cabeza y gastos innecesarios.

Es de sobras conocido que muchos matrimonios hoy en día no llegan a durar siete años, por lo tanto, este margen me parece por parte de Pauli muy generoso. Yo propondría que fuéramos más allá: que la pareja decidiese por cuánto tiempo quiere hacer el contrato, dependiendo del estilo de vida que llevan, de cómo se sienten de enamorados, de la volubilidad de cada uno de ellos y, también, claro, de sus valores más firmes y creencias irrenunciables, si es el caso. ¡Que pudiesen hacer un contrato indefinido a la primera, si creen en la indisolubilidad del matrimonio! Ahora bien, que después sean coherentes con su elección.

Pauli, por otro lado, no dice que sea obligatorio romper la relación después de los siete años: si las dos partes están satisfechas con el negocio, pueden continuar. Estoy segura que este tipo de contrato con fecha de revisión haría esforzarnos por mantener viva la relación, si nos interesase continuar al lado de nuestra pareja. Y cuándo haya pasado el enamoramiento y la pasión que nos ha conducido a firmar este contrato, nos podremos parar a pensar en términos de pérdidas y beneficios y nos sentaremos a negociar, siempre con la filosofía del ganar-ganar. Favorecería la comunicación de la pareja porqué sería necesario revisar periódicamente los términos del acuerdo e ir adaptándolos a las nuevas circunstancias, a la nueva edad, a las nuevas visiones del mundo. De otro modo, a menudo nos dejamos llevar por la rutina y llega un día en qué nos damos cuenta que aquella no es de ningún modo la pareja que nos enamoró ni llevamos la vida que habíamos soñado a su lado.

Tal como está cambiando nuestra sociedad y con todo lo que la ciencia va descubriendo sobre la naturaleza del amor y otras pasiones, Pauli demuestra una lucidez que no he apreciado en la mayor parte de los gobernantes. Y no es de extrañar que las reacciones hayan sido furibundas. Cuando alguien dice lo que piensa y pone al descubierto lo que la mayoría quiere disimular, se le tilda de loco. Pauli demuestra ser inteligente, valiente, de pensamiento libre y, además, mujer. Si hubiese inquisición, ya la habrían quemado.

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Ayer, al finalizar el curso de Presentaciones Eficaces en Talavera de la Reina, sentí el cálido reconocimiento de mis alumnos: veintitrés inspectores e inspectoras de sanidad que con frecuencia tienen que dar formación, presentar proyectos, asistir a congresos y relacionarse correctamente con los inspeccionados. Sentí que, a lo largo de 8 horas de curso, habíamos abierto nuevos caminos y andado un buen trecho. Un camino de conocimiento para un colectivo con necesidades específicas y una vía de desarrollo individual, en la que cada uno sacará lo mejor de sí mismo para progresar laboral y humanamente.

Parece muy ambicioso pero en realidad es lo que debemos esperar de cualquier enseñanza: herramientas que nos permitan ser como ya somos pero con más recursos para dirigir nuestras vidas, tanto en lo más cotidiano como en lo más trascendental. El entrenamiento en grupo parte del dominio de unas habilidades comunes y una necesidad compartida, pero teniendo en cuenta la diversidad y la idiosincrasia de la comunicación de cada uno.

José Antonio, el primero en exponerse al análisis minucioso de sus habilidades de comunicación, gracias a los ejercicios, se conoció mejor a sí mismo y pudo apreciar los cambios que se producían en su imagen con técnicas de inmediata aplicación. Lo más fructífero es que de su experiencia aprendieron todos sus compañeros, aplicándolo cada uno a su forma de ser y expresarse. Después de él, Susana, Luis Angel, Jesús, Consuelo, las Soledades, Mariví, Pedro Pablo, Dámaso… todos los asistentes al curso me permitieron guiarles en esta exploración consciente de sí mismos.

Es costumbre, también necesario, evaluar al profesor al final de una acción formativa.
Me gustaría que también el profesor pudiera valorar la participación de los alumnos, la calidad de sus aportaciones, la disposición para aprender, el grado de interés mostrado y el trato hacia el profesional, entre otras muchas cosas. Porque, como en toda comunciación, el resultado es fruto de la intervención de todas las partes. Cuando los alumnos tienen una actitud abierta, el curso deja de ser una simple formación para convertirse en un entrenamiento colectivo, en el que el profesor es el primer alumno.
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